Techos Rojos
Las historias tienden a comenzar por el principio…
ese momento en el fino hilo del tiempo que nos marca
y da inicio a una narración pintada de datos y matices
desde la óptica de quien la vivió,
o, en su defecto, de quien la cuenta.
Esta historia tiene sus inicios en un lugar de techos rojos.
Techos de un color tan particular que marcaron en mí
un sentido de pertenencia y nostalgia—
que, al verlos desde el aire, puedo percibir
el olor de la cocina de Lita,
el abrazo fuerte, con ojos llorosos, de Lito,
y la amorosa bienvenida de mi tía Grethel
(madre que me regaló la vida).
Al avistar aquellos techos rojos,
nos aprestamos a tocar la pista del Santamaría.
El corazón se acelera,
los ojos contienen lágrimas de emoción,
y entra en mí aquella efímera sensación del regreso a casa…
una casa que no siempre es la misma,
pero casa al fin.
Un lugar adonde te esperan la familia, los amigos,
pero aún más, los recuerdos de todo lo vivido
en aquellas perezosas tierras
donde nací y pasé algunos años de la vida
que me marcaron e hicieron quien hoy soy.
Aquellos techos rojos que dan la bienvenida
y dan inicio a otra aventura,
que tal como vamos a recordar juntos,
algún día mis hijos y nietos recordarán
desde su propia perspectiva.
Porque cambia quien cuenta la historia
y cambian sus personajes,
pero aquellos techos rojos están siempre ahí para recibirnos—
como fieles amigos que, sin palabra alguna,
te hacen saber que has llegado a tu lugar de inicio.
A ese lugar que siempre ocupará
un espacio protegido y especial
en la vida de quienes por aquellas tierras dejamos huella,
y que, indiscutiblemente, dejaron huella en nosotros,
aunque por razones de la vida hoy vivamos lejos.
Hoy veo aquellos techos rojos de nuevo,
y empieza esta historia…
pero no desde el principio.
Esta vez vamos a empezar desde una historia repetida,
una vivencia repetida,
que, aun transformada por el tiempo,
sigue siendo fiel a aquellos recuerdos
de hace más de treinta y cinco años.
Esta historia empieza en el hoy,
y más que mi historia,
es un paseo por aquellos lugares que viven en mis recuerdos,
y un reencuentro con todas aquellas personas
que, a lo largo del tiempo, compartieron conmigo
un poco o mucho de sí…
Los Litos, los tíos, los amigos,
los choferes de bus…
en fin, todos aquellos que la vida me dio el honor de conocer,
y que me confiaron sus propios momentos de vida.
Y que, al compartirlos conmigo
sin pedir nada a cambio
más allá de ser recordados,
nunca serán olvidados—
tal como nuestros techos rojos.