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Neurótico Viejo

Neurótico viejo, adicto al control,
cuánto nos parecemos,
pero cuán aún más distintos somos…
dos águilas del mundo, dos corazones solos.

Me criaste y educaste, y bajo tu sombra crecí.
Cuando allá en el ’78, un golpe de fortuna
nos llevó a la vieja Europa, solos los dos.

Me diste amor y compañía,
aun cuando tus días de soledad se llenaban,
tus noches… solas no las pasabas.

Adictos de la vida, del idealismo y de la libertad,
dos almas gemelas que en su vida
nada darían más que su propia sangre
por ser aceptados por esa figura paterna
que se ocultaba tras el velo frágil
del puño fuerte, autoridad eterna.

Las tardes pasaban entre juegos de básquet
y caminatas en la Casa de Campo,
donde mediante relatos formabas mi mente,
mi alma, mi cuerpo… mi ser.

Estábamos solos en una tierra ajena,
a la que devorábamos y robábamos,
celosos de nuestra relación, de nuestro tiempo,
mientras el Mediterráneo alimentaba nuestros sueños.

Convertimos a la madre tierra en nuestra barriada,
tal como en tu tiempo lo fueron los barrios del sur.
El tiempo pasaba y yo en ti me reflejaba:
tus sueños eran mis sueños,
y mi alimento… tus palabras.

En aquellos tiempos, entre juegos y descubrimientos,
de ti aprendía acerca de los sentimientos,
aun cuando solo jugaba con mi velero en la alberca
mientras tú acechabas tus conquistas.

Las alas te siguieron creciendo, y con el tiempo
nos llevaron a otras tierras: a la tierra del ratón
y hasta a la de Cantinflas… pero no importaba
la dirección, solo la aventura sin razón.

El tiempo pasó y la adolescencia me llegó.
Te odiaba y rechazaba… en llevarte la contraria
me empeñaba. Pero no importaba lo que hiciera
o cuánto me alejara… de mí siempre te preocupabas.

Repetí errores viejos por probar que la historia
no estaba escrita y que fallaste al robarme a mi familia,
mas el destino me amargaría al robarme mi alegría:
mi hijo… que hoy no está a mi lado.

El tiempo pasó y tus alas crecieron aún más,
y cuando te busqué, solo encontré tu sombra,
que por tenue me llenó de soledad.
De justicia predicabas y a la sociedad ayudabas,
bajo una bandera azul claro que luego dejaste atrás.

En busca de mi verdad, volví a la tierra que dejamos allá en el ’78…
una tierra que me vio nacer, mas no crecer.
Las costumbres eran extrañas y, a pesar del acogimiento
de nuestra familia, la soledad era mi mejor amiga.

Neurótico viejo, adicto al control…
cuánto nos parecemos,
pero cuán aún más distintos somos…
dos águilas del mundo, dos corazones solos.

Viejo amigo, cuánto nos parecemos…
ambos amantes de la vida y de los retos,
adictos al trabajo y a los sueños.
Tus alas aún revolotean en el viento,
mientras mis raíces crecen en esta tierra de nadie.

Nuestras historias se asemejan, mas en un momento
entendí que era yo el dueño de mi vida,
y entendí que el control no es más que una ilusión
que sin razón nos ata el alma y nos seca el corazón.

Hoy tomas otro avión, y ni un estrechón de manos
nos hemos dado. Otra visita breve, otra charla apresurada,
otro reporte de vida, otra aprobación buscada.
Viejo neurótico, hoy tu hijo es tu amigo,
y aquel joven que un día te idealizaba
y luego te odió… hoy te admira por tu corazón.

Los años pasan, y no quiero que pienses
que un solo día muere sin que un recuerdo
tuyo cruce por mi mente.
Eres un ser complejo, lleno de amor y desprecio,
de gusto y disgusto, de sueños y realidades,
de amor y soledad.
Eres un laberinto sin fin… que no se debe
intentar descifrar. Solo queda esperar
a que un día la soledad a un lado quieras dejar.

Extiende tus alas, viejo amigo. Ve que el mundo
necesita de tu pasión por la justicia,
de tu amor por el trabajo
y de tu sonrisa de medio lado.
Vuela a otras tierras, pero no te olvides
que tu mejor audiencia es la que aquí dejas…
esta águila que sus alas ha cerrado,
que su amor incondicional
a tus pies, en silencio, ha dejado.

Viejo neurótico, viejo amigo,
viejo héroe de mis sueños y aventuras,
mi orgullo de vida y mi ideal de ser humano.
Viejo padre mío, que hoy vuelas… espero tu regreso,
pero hoy… no lo espero solo.

Buen viaje. Bonna Nit.